Alexis Argüello, un ídolo imperecedero

Columna deportiva por Edgard Tijerino M.

Han pasado seis años desde la muerte de Alexis Arguello y aunque un ídolo es imperecedero, la pregunta natural sigue siendo ¿por qué lo hizo?

Un quijotesco flaco con aguante de roca y golpe de martillo, que utilizaba como lanza su jab de izquierda, veloz, punzante y preciso, mostrando una agresividad tan escalofriante, que era capaz de destrozar molinos de viento y gigantes entre las cuerdas; eso sí, fuera del ring, siempre profundamente humano, gentil y elegante, bañado por su humildad congénita, en ese heroico y admirable tránsito que hizo por la vida, abriéndose paso de la nada a la gloria.

Así era Alexis Argüello, el más grande atleta pinolero de todos los tiempos, un auténtico ídolo surgido de las entrañas de un pueblo que también fue combativo por largo tiempo, en busca de lo que soñó y pensó, sería un futuro mejor, algo todavía pendiente entre las esperanzas carcomidas por una cruel realidad.

Aquel 1 de julio del 2009, no tuve tiempo de ver la cara del amanecer, y consecuentemente, no me percaté de lo siniestro de sus señales. De pronto, mientras manejaba hacia mi trabajo a las 6 de la mañana, una información noqueadora: Alexis Arguello se había suicidado. Fue como si de pronto, se le hubieran acabado las baterías al sol. Algo así, con permiso de Dickens en su Historia de dos ciudades, como pasar del mejor de los tiempos, al peor; de la época de la sabiduría a la de bobería; de la fe a la incredulidad; de la luz a las tinieblas.¡Diablos! ¿Cuándo creemos estar preparados para resistir la peor noticia?. Súbitamente, yo estaba viajando con mi corazón partido hacia ninguna parte, mientras el país se detenía bruscamente, con un alarido desgarrador.

¿Alexis Argüello muerto? ¡Por Dios! El más grande monumento construido con el orgullo deportivo de una afición, que por casi cuatro décadas lo había estado cubriendo de cariño y admiración sin interrupción, se había derrumbado. La noticia, taladraba implacablemente mis oídos y mis pensamientos.

Como diría Roa Bastos, “la rebelión de lo incierto se desvanecía casi tan rápidamente como el estupor inicial del descubrimiento”. El “no puede ser”, carecía de sentido. Y es que hay diferentes maneras de morir, pero la variante del suicidio nunca entraba en mis cálculos.

Hace unos años, cuando escuché a Alexis decir “lo he intentado más de una vez”, me sorprendió. Quizás porque lo perdí de vista en 1979, y sólo pude verlo nuevamente cuando el gobierno me envió a Venezuela junto con Samuel Santos, para decirle que se le devolverían sus propiedades confiscadas y que las puertas de su país, quedaban abiertas, propuesta que rechazó por su marcada y justificada desconfianza.

No sé en que momento, comenzó a tambalearse frente a la adicción, pero me percaté de los múltiples esfuerzos que se hicieron por que se enderezara. Una y otra vez, volvía a flaquear. Frente a ese nuevo y feroz adversario, Alexis careció de la exuberante fuerza de voluntad que le permitió edificar sus victorias más impresionantes y conquistar tres coronas mundiales.

Como es natural, completamente aturdido, me pregunté junto con todo el país: ¿Por qué lo hizo?, buscándole una explicación a lo inexplicable. Han pasado seis años y el impacto sigue aturdiendo a un país.

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